“La verdad, ahora mismo estoy muerta de miedo,” dijo Erika Lopez antes de marchar a México con sus hijos. Sólo sabía un poco de español. Sus hijos aun sabían menos. Esta familia del estado de Washington no quería separarse. Ahora, como cientos de miles de personas deportados de Estados Unidos cada año, afrontan una nueva...

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This is a translation of a story published on July 27. We’re publishing this version because we believe it is of interest to a Spanish-speaking audience. Read in English »


Erika López se sentía mal cuando despertó. No había dormido bien y su mente estaba agitada.
Era su último día de trabajo al frente del mostrador del hotel Ocean Shores, pese a que era un empleo que quería retener.

Y es que Erika y su familia se mudarían lejos de su hogar cercano a Hoquiam, donde nació y creció; donde su madre, su hermana y su hermano todavía viven; y donde en una fiesta del Cinco de Mayo, hace muchos años, conoció al hombre que se convertiría en su esposo.

“Honestamente estoy extremadamente asustada”, dijo Erika.

México era su destino. Ella sabe poco español. Sus hijos saben menos.

Juan López estaba preocupado por llevar a Erika y a sus hijos a México. Ella insistió en ir y sus hijos tampoco quisieron dejarlo. (Erika Schultz / The Seattle Times)
Juan López estaba preocupado por llevar a Erika y a sus hijos a México. Ella insistió en ir y sus hijos tampoco quisieron dejarlo. (Erika Schultz / The Seattle Times)

Su esposo fue deportado, como cientos de miles de personas cada año. Juan López cruzó la frontera cuando tenía 16 años y por un tiempo tuvo residencia legal. Ahora tiene 50 años.

Como muchos casos, su salida no solo afecta a una persona sino a una familia. Algunas se separan. Otras se van juntas sin importar si sus esposos e hijos son ciudadanos estadounidenses.

El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) hace poco reportó que 12 mil 500 personas deportadas al menos tenían un hijo nacido en Estados Unidos. Esto fue solo en la primera mitad de 2017. Más de 600 mil niños estadounidenses viven en México, algunos debido a una deportación y otros porque sus familias regresaron de forma voluntaria, según cifras del gobierno.

No existen datos de estadounidenses que se van con sus esposos. Aunque Randall Emery, presidente del grupo de defensores de Familias Estadounidenses Unidas (American Families United), comentó que no está seguro si son miles.

La historia de la familia López no es del tipo que atrae la atención pública.

Erika y Juan habían vivido una vida tranquila en un pequeño pueblo donde sus vidas se reguían al ritmo de los entrenamientos y las idas a la escuela, en los juegos casi diarios de béisbol y softball de sus hijos Elyjuh, de 13 años, y Arainuh, de 11 años, ambos jugadores estrellas.

Juan tuvo un pasado que Erika no consideró un obstáculo -ella realmente creyó que él era un buen hombre- pero ese pasado lo hizo antipático a la implacable ley de inmigración. Hace algunas décadas, cuando él era adicto, fue condenado en dos ocasiones por delitos relacionados con las drogas.

No fue la administración de Donald Trump -con su dura retórica inmigratoria que genera controversia y protesta – la que envió agentes a la casa de la familia López una mañana de 2010 para detener a Juan. El responsable fue el entonces presidente Barack Obama, que deportó a mucha más gente en sus primeros años en el cargo, pero con menos atención pública.

Juan fue puesto en libertad bajo fianza. Pero ahora, después de los cambios en el sistema de inmigración, tenía un tiempo límite de semanas para abandonar el país.

Entonces se preocupación fue si llevaría a su esposa e hijos a México. Cuando era niño y vivía en una zona rural de Oaxaca, había ocasiones en que el hambre le provocaba mareo y vómito.

Erika insistió. Si él se iba, ella iría también. Elyjuh and Arainuh dijeron lo mismo.

Su hija de 18 años decidió quedarse con la posibilidad de unirse a ellos cuando estuvieran establecidos.

La pareja compró los boletos. Erika dio aviso a su trabajo.

Mientras Erika tomaba un descanso en una habitación del vestíbulo del hotel el mes pasado, buscó en el bolsillo de su uniforme azul marino y sacó un regalo de despedida de una compañera de trabajo: 700 pesos, equivalían a 37 dólares. Ella portaba unos aretes hechos a mano que le dio otra compañera.
Trató de mantenerse positiva. Al menos Juan volvería a ver a su madre otra vez, seguía diciéndose.

De forma frecuente la deportación se ve como el fin. Pero es también un comienzo, una manera de encontrar una nueva vida. Entre más tiempo alguien ha estado fuera de su tierra natal, es más difícil regresar.

Honestamente estoy extremadamente asustada.”

Había muchos temas inciertos para la familia.

¿Tendría la casa de Oaxaca donde llegarían espacio para todos? Ahí ya viven la madre de Juan, su hermana y los siete integrantes de la familia de su hermano.

¿A dónde irían los niños a la escuela?

Y más que nada: ¿Cómo ganarían dinero?

En 1990, Juan recibió un disparo en una zona conflictiva del Valle de San Joaquín, California, donde trabajaba en la cosecha de manzanas y uvas. Perdió una pierna y pronto se dio cuenta que los trabajos que hacía le causaban dolor. Durante años se quedó en casa al cuidado de los niños mientras Erika trabajaba.

Tal vez empresas mexicanas de la industria turística se interesarían en contratar a Erika porque habla inglés, pero también pedirían que hable español.

“Ahora sé cómo se sienten mis compañeros de trabajo”, expresó. Se refería a los empleados de limpieza que no hablan inglés, “parados como ciervos frente a faros” cuando un huésped hablaba con ellos.
Juan contemplaba lo peor: ¿Qué tal si un día no tenemos dinero para comer?

Si eso sucede tendré que decirles que regresen.

Elyjuh lanza la pelota durante un juego con sus amigos en su vecindario. Para celebrar sus trece años, sus padres invitaron a sus amigos a un día de actividades y una fiesta de pijamas. (Erika Schultz / The Seattle Times)
Elyjuh lanza la pelota durante un juego con sus amigos en su vecindario. Para celebrar sus trece años, sus padres invitaron a sus amigos a un día de actividades y una fiesta de pijamas. (Erika Schultz / The Seattle Times)

Compromiso del presidente Clinton

En 1996, el Congreso creó grandes obstáculos para que los estadounidenses legalizaran a sus esposos.
Muzaffar Chishti, director de la oficina del Instituto de Política Migratoria de Nueva York, un grupo de expertos apartidista, lo llama un “momento antes de Cristo y después de Cristo” en la ley de inmigración.

Bill Clinton era presidente y sus “instintos eran proinmigrantes, creo”, mencionó Chishti, quien entonces representaba una organización que ejercía presión contra propuestas para restringir la inmigración legal.

¿Y qué sucede si un día no tenemos dinero para la comida?”

“Pero también se estaba reeligiendo”, agregó Chishti. Los republicanos que recientemente habían triunfado en las elecciones legislativas de 1994 con su Contrato para Estados Unidos, impulsaban una política migratoria “muy cercana a la que los partidarios de Trump piden estos días”.

En el refrigerador se encuentra un mensaje de aliento para la familia escrito por Arainuh López. (Erika Schultz / The Seattle Times)
En el refrigerador se encuentra un mensaje de aliento para la familia escrito por Arainuh López. (Erika Schultz / The Seattle Times)

La ley de 1996 representó un compromiso que dejó intacta la inmigración legal, pero que se aplicó con fuerza a los inmigrantes indocumentados. Entre los mandatos estaban las personas deportadas que habían vivido ilegalmente en el país durante más de un año y que no podían regresar durante 10 años, a menos que el gobierno otorgara una exención.

El residente de Bothell, Marco Doelling, pasó siete años separado de su esposa, originaria de Guinea, hasta que obtuvieron una excención. Inseguro de las perspectivas de trabajo en el extranjero, el contratista de Microsoft esperó en Estados Unidos mientras su esposa volvía a África.

Elizabeth Váldez, quien vivió con su esposo en Kirkland antes que fuera deportado en 2013, decidió irse con él a su estado de Zacatecas en lugar de esperar 10 años a que regresara. Se llevaron a sus hijos con ellos, entonces tenían 11 meses y cinco años.

Muchos de sus amigos, quienes no estuvieron de acuerdo, aún están molestos sobre el asunto, dijo Váldez, quien trabaja como azafata y habló durante un vuelo a Estados Unidos.

Erika no tiene la misma opción. Las condenas criminales de su esposo le pondrán una barrera de por vida.

“Estoy sorprendido que ella vaya con él”, dijo el abogado de Juan y Erika, Adolfo Ojeda-Casimiro. “Se trata de amor, eso pienso”.

Erika y Juan López preparan la comida en su casa en Hoquiam, donde Erika nació y creció. (Erika Schultz / The Seattle Times)
Erika y Juan López preparan la comida en su casa en Hoquiam, donde Erika nació y creció. (Erika Schultz / The Seattle Times)

¿Puedo ir mamá?

Un amigo en común hizo la fiesta de Cinco de Mayo donde Juan y Erika se conocieron en 2001. Juan se había mudado recientemente a la Península Olympic y había dejado su trabajo como procesador de comida de pescado porque le dolía estar de pie todo el tiempo. Tenía una prótesis en su pierna que llegaba hasta su muslo y caminaba con una cojera pronunciada.

¿Quién se va a fijar en mí? Pensaba.

Ella lo hizo y vio en él a un hombre que parecía cortés y paciente. Ella era 11 años menor, separada y con un niño pequeño.

Su relación fue lenta.

Ella no preguntó: ¿Cómo perdiste tu pierna? ¿cómo llegaste a este país?

“Mi manera de ser no es pedir información a la gente”, explicó ella. “Espero a que me digan”. Con el tiempo “me dijo que había tomado malas decisiones antes de llegar a Washington”.

La historia de Juan podría tomar horas o días para ser contada.

Recientemente comenzó desde el principio. Estaba sentado en una sección de la sala que pronto tiraría a la basura mientras su familia limpiaba sus pertenencias de la casa que alquilaban. Las paredes, ya sin fotografías, lucían vacías.

Creció, dijo, en un pequeño pueblo al sur de la ciudad de Oaxaca al sur de México. Fue el segundo de siete hijos.

Cada uno de los hijos tenía un cambio de ropa, que lavaban y colgaban para secarse mientras se bañaban. La comida era escasa. Con frecuencia recogían mangos y aguacates para la comida o comían tortillas con sal. Su madre se levantaba temprano para preparar la masa de maíz.

Cuando su padre y su abuelo comenzaron a vender los tomates y chiles que plantaban en la ciudad, la comida empezó a ser más abundante.

Pero un día, mientras su padre viajaba en la parte trasera de una camioneta rumbo a la ciudad, el vehículo fue impactado. Su padre cayó al pavimento, golpeó su cabeza y perdió la vida.

Arainuh calienta con sus compañeras de lanzamiento rápido. Ella jugó en el juego de estrellas esta temporada y además jugó como lanzadora de la pelota. (Erika Schultz / The Seattle Times)
Arainuh calienta con sus compañeras de lanzamiento rápido. Ella jugó en el juego de estrellas esta temporada y además jugó como lanzadora de la pelota. (Erika Schultz / The Seattle Times)

“Sucedió muy rápido”, comentó Juan. “Hoy estábamos bien. El siguiente día todo se había ido”.

Él tenía 10 u 11 años, pero como el hijo mayor se esperaba que tomara el lugar de su padre. En menos de un año, ya había abandonado la escuela y se dedicaba de tiempo completo a la cosecha. Para sus labores utilizaba un arado de bueyes que le hacían cayos en sus manos y que sangraran sus pies.

“Algunas veces esperaba que mi mamá me trajera comida. Daban las 11, 12, 1”. Ella no iba. No había comida.

Cuando tenía 14 años, más o menos, veía cuando los hombres que iban a Estados Unidos regresaban con dinero para comprar buena ropa y construir casas de tabique.

¿Puedo ir mamá?, le preguntó. No, le contestó. Ella lo necesitaba.

Dos años más tarde, él dijo: “Sabe qué, tengo que ir”.

Su madre, agotada, le hizo tortillas y frijoles para el viaje.

Le tomó meses llegar a EE.UU. Sus amigos y él viajaron en autobuses y trenes, y paraban para trabajar. Cuando arribaron a Tijuana e intentaron cruzar la frontera, los arrestaron y los regresaron. Así conocieron a un hombre de su pueblo, quien les dijo que los cruzaría por 50 dólares.
Siguieron al coyote a pie, escondiéndose entre los arbustos cuando escuchaban helicópteros o voces de oficiales de la patrulla fronteriza. El hombre los dejó en un lugar en Chula Vista, California, y les dijo que esperaran por un camión que los llevaría a la costa, donde podrían encontrar trabajo.
“Sabía que era ilegal. Pero realmente no le presté atención. Nunca pensé que era serio…”.

“Lo único que hacen es echarte de regreso. Tenía miedo. Tenía miedo. Pero siempre pensé en mi madre y mi familia. Solo quería ganar algo de dinero”.

El futuro, como él lo veía, estaba en Estados Unidos.

Arainuh, a la izquierda, su papá, Juan López, y su amiga Olivia juegan afuera de su casa. “Creo que necesitan a su padre en sus vidas”, dice Erika. “Es un gran padre. No puedo imaginar su vida sin él”. (Erika Schultz / The Seattle Times)
Arainuh, a la izquierda, su papá, Juan López, y su amiga Olivia juegan afuera de su casa. “Creo que necesitan a su padre en sus vidas”, dice Erika. “Es un gran padre. No puedo imaginar su vida sin él”. (Erika Schultz / The Seattle Times)
Elyjuh habla con su padre, Juan López, en su vecindario de Hoquiam. Por años, mientras Erika trabajaba fuera de casa, Juan cuidó de sus hijos. (Erika Schultz / The Seattle Times)
Elyjuh habla con su padre, Juan López, en su vecindario de Hoquiam. Por años, mientras Erika trabajaba fuera de casa, Juan cuidó de sus hijos. (Erika Schultz / The Seattle Times)

Saludo a través de la frontera

Por un tiempo, ese parecía el camino.

Tras acampar en los montes en una tienda hecha de cartones de fresas, encontró un trabajo que le proveía vivienda. Ahorró suficiente cosechando fruta y le envío dinero a su mamá, quien construyó una casa de tabique.

Un supervisor le dijo que el presidente Ronald Reagan ofrecía amnistía a gente como él. Juan obtuvo su tarjeta de residencia en 1990, confirmó ICE.

Se trata de amor, eso pienso.”

Ese mismo año después de trabajar, alrededor de las 5 p.m. de una tarde de agosto, acudió a un bar en la ciudad de Madera, en una calle que un detective describiría más tarde como “conocida por la venta de narcóticos y violencia extrema”.

Juan asegura que no estaba involucrado en ninguno. Los archivos de la policía correspondientes a esa época ya no existen, sin embargo los oficiales se refieren a lo que sucedió esa ocasión gracias a un formulario enviado a funcionarios de inmigración.

Alguien llamó a Juan desde un automóvil negro. Él no entendió. “Entonces no sabía mucho inglés”.

Cuando volteó, uno de los hombres dentro del vehículo le disparó. La bala atravesó su abdomen e hirió una arteria de su pierna izquierda. Perdió mucha sangre y cayó en coma. Cuando despertó su pierna ya no existía.

Juan López recibe un ajuste en su pierna protésica. “Uno de mis más grandes temores es la situación médica”, comenta Erika. Ella se preocupa porque su esposo tal vez no reciba en mismo cuidado médico en México. (Erika Schultz / The Seattle Times)
Juan López recibe un ajuste en su pierna protésica. “Uno de mis más grandes temores es la situación médica”, comenta Erika. Ella se preocupa porque su esposo tal vez no reciba en mismo cuidado médico en México. (Erika Schultz / The Seattle Times)

Con pensamientos suicidas, dependió primero de los fármacos que le dieron en el hospital como medicina para el dolor.

Trabajó por un tiempo, el dinero le duró poco. Así que para pagar sus deudas, dijo, comenzó a repartir drogas para un distribuidor.

En 1991 fue condenado por vender narcóticos y permaneció en la cárcel por cuatro meses.
Aún entonces, un delito de ese tipo era motivo de deportación, aunque algunos poseedores de tarjetas de residencia podrían obtener excepciones.

Los oficiales de inmigración lo enviaron a México. Pero todavía tenía su tarjeta verde, así que en Tijuana se presentó, en muletas, ante un oficial de inmigración y le presentó su tarjeta. El oficial le permitió entrar.

El tatuaje de Juan López honra a su familia. (Erika Schultz / The Seattle Times)
El tatuaje de Juan López honra a su familia. (Erika Schultz / The Seattle Times)

“Era el tiempo cuando la base de datos era poco eficiente”, dijo Chishti, del Instituto de Política Migratoria.

Al regresar a Madera, Juan volvió a caer en lo que había hecho en 1996, esa vez fue condenado por transportar heroína y cocaína. Estuvo preso por casi cuatro años por tener una condena anterior.
De nuevo fue deportado. Y otra vez regresó al país al mostrar su tarjeta verde.

Una década después renovó su tarjeta de residencia, dijo. (El Servicio de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos investiga lo sucedido, esto lo ha dicho por algunas semanas).

Más tarde los oficiales de inmigración dieron con su paradero. En ese tiempo el presidente Obama aplicaba las leyes de inmigración de forma más estricta con la esperanza de que los republicanos aprobaran una reforma migratoria integral. En su segundo mandato fue intransigente con un grupo: inmigrantes indocumentados con delitos penales.

Para entonces, Juan había experimentado un cambio al tener hijos, había dejado su adicción y se había convertido en un padre cariñoso y hogareño.

Erika y él recibieron cartas de apoyo de empleados de la administración escolar, de los entrenadores de sus hijos, de sus vecinos, de la familia de su pastor y de un doctor, quien dijo que Juan requería cuidado médico permanente en EE.UU.

Aún el abogado Ojeda-Casimiro les dijo, “Estamos tratando de ganar tiempo”.

Juan López camina en la recámara de su hijo. Ellos empacaban sus pertenencias y la mayor parte de la casa lucía vacía. (Erika Schultz / The Seattle Times)
Juan López camina en la recámara de su hijo. Ellos empacaban sus pertenencias y la mayor parte de la casa lucía vacía. (Erika Schultz / The Seattle Times)

“He vivido aquí toda mi vida”

Eran como las tres de la tarde cuando Juan, después de recoger a sus hijos de la escuela, les pidió que le expresaran sus sentimientos sobre mudarse a México.

“Estoy triste”, expresó Elyjuh, pero “emocionado” por ver a mis parientes mexicanos.
“He vivido aquí toda mi vida” dijo Arainuh.

Como es una niña sensible, pasaba por un momento difícil, dijeron los padres, aunque incluso Elyjuh, quien es extrovertido, comenzaba a portarse mal en la escuela.

Ya en la casa, Juan les calentó pizza para comer antes de ir a sus partidos de béisbol y softball, y sacó sus uniformes de la secadora. Erika llegó a la casa poco después de las 4. Se dividieron para llevar a sus hijos a sus respectivos juegos.

Mientras observaba a Elyjuh desde una mesa de día de campo en la cancha, Erika relató el plan: Primero, pasarían unas semanas con la familia de Juan en Oaxaca. Luego, ella regresará por sus pertenencias que se encontraban en una bodega y las llevará en un camión U-Haul a través de la frontera.

Allí es donde piensan establecerse. De esa forma, Erika podría trabajar en San Diego. De eso hablaron con un agente de bienes raíces que trabajó en ambos lados de la frontera.

Arainuh se peina mientras su madre hace unas llamadas. “A ella le va muy bien en escuela,” dice Erika Lopez. “Ella es muy creativa.” (Erika Schultz / The Seattle Times)
Arainuh se peina mientras su madre hace unas llamadas. “A ella le va muy bien en escuela,” dice Erika Lopez. “Ella es muy creativa.” (Erika Schultz / The Seattle Times)

Erika, cuyos abuelos son de México, estuvo en ese lugar un par de veces.

Después de que se graduó de la preparatoria, ella y su hermana viajaron en un tour de autobús por dos días. Visitaron un par de bares y algunas tiendas. “Fue muy divertido”, dijo mientras recordó a un niño de 4 años que vendía chicles en la calle.

Hace diez años viajó a México con sus hijos para que conocieran a sus parientes. Juan, quien no tenía permiso para regresar a EE.UU., permaneció en su casa.

Las condiciones de vida de Oaxaca la sorprendieron. La familia tenía agua solo en el baño y era fría. Para lavar trastes tenían que traer agua de un pozo. Cocinaban en un fogón a la intemperie.
Erika y Juan no saben si las condiciones permanecen iguales.

Algunos amigos escriben mensajes de despedida en una foto por el cumpleaños de Elyjuh, quien cumple 13 años. (Erika Schultz / The Seattle Times)
Algunos amigos escriben mensajes de despedida en una foto por el cumpleaños de Elyjuh, quien cumple 13 años. (Erika Schultz / The Seattle Times)

Quisieramos detener esto

A finales de junio, en el cumpleaños 50 de Juan, Erika y Juan salieron de su casa alrededor de las 5 a.m. para su última visita a la oficina de ICE in Tukwila.

¿Qué tal si nos dan buenas noticias?, dijo Erika. “Sería grandioso”.

Con su ayuda, Juan le pidió al Servicio de Inmigración y Ciudadanía de EE.UU. que revisaran su solicitud para una visa U, disponible para algunas víctimas de crimen. La agencia se la había negado antes, ya que sus antecedentes penales superaban su “buen carácter moral”.

Pese su esperanza, Erika se mostraba nerviosa mientras caminaba por el pasillo hacia la oficina de ICE. Juan mostraba sus nervios en su cabeza calva con un sudor leve. Antes de entrar, se abotonó la camisa de manga corta.

Subieron por un elevador especial y entraron en una sala de reuniones. Allí el agente no les dio buenas noticias, les presentó el formulario que Juan debía firmar diciendo que estaba de acuerdo en su auto deportación.

¿Es esto lo que estaban haciendo? No estaban seguros. Pero qué opciones tenían. Juan firmó el documento.

Dos días más tarde y ya entrada la noche, Juan, Erika, Elyjuh y Arainuh caminaron con sus maletas hasta el mostrador de Aeroméxico en el Aeropuerto Internacional de Seattle-Tacoma.

“Todo dentro de mí quiere detener esto”, dijo la hermana de Erika, Jennifer Chuks-Nwokike, que había llegado al lugar con su madre, Linda Cazier.

Chuks-Nwokike dijo que pensaba que estaría mejor que su hermana se quedara en Estados Unidos para seguir peleando el caso de Juan. Los funcionarios aún no habían emitido una nueva decisión sobre la visa U.

“Necesita hacer lo que sea necesario por su familia”, subrayó Chuks-Nwokike. “Y necesitamos apoyarla”.

Arainuh Lopez, 11, a la izquierda, y sus padres, Erika y Juan Lopez, esperan frente a la ventanilla de boletos a Seattle-Tacoma International Airport mientras se acerca la fecha límite de deportación de su padre. (Erika Schultz / The Seattle Times)
Arainuh Lopez, 11, a la izquierda, y sus padres, Erika y Juan Lopez, esperan frente a la ventanilla de boletos a Seattle-Tacoma International Airport mientras se acerca la fecha límite de deportación de su padre. (Erika Schultz / The Seattle Times)

Cuando la familia se registró en el mostrador un agente de la aerolínea les informó que por error sus vuelos eran de la Ciudad de México a Perú, en vez de a Oaxaca. Fue muy difícil arreglar ese problema. Pasaron muchas horas.

Juan se preocupó de que fueran a perder su vuelo y de la fecha límite que le dio ICE. Erika intentó permanecer tranquila. Los niños bromearon y aprovecharon para usar sus teléfonos por última vez, ya que no tendrían servicio al llegar a Oaxaca.

Al final, el agente les dijo: “Todo está arreglado”.

Todos se abrazaron.

“Estaremos orando por ustedes”, susurró Cazier en el oído de su hija Erika.
La familia López se dirigió a su nueva vida.

Erika, al lado izquierdo extremo, mira a su esposo Juan mientras la familia Lopez se despide de la madre de Erika, Linda Cazier. (Erika Schultz / The Seattle Times)
Erika, al lado izquierdo extremo, mira a su esposo Juan mientras la familia Lopez se despide de la madre de Erika, Linda Cazier. (Erika Schultz / The Seattle Times)