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VENTANA DE OPORTUNIDAD

Esta historia es la primera de una serie que se ocupa de cómo renovar el sistema educativo para mejorar la calidad tras la pandemia.

Nos gustaría escuchar sus reflexiones sobre cómo las escuelas pueden hacer que la educación sea más equitativa. Envíe sus ideas a edlab@seattletimes.com. Tenga en cuenta que solo podemos aceptar respuestas en inglés en este momento. También podemos hablar con usted por teléfono.

Susan Enfield tenía un objetivo ambicioso: poner fin a las suspensiones sin asistencia a la escuela, una práctica particularmente perjudicial para la mayoría de los estudiantes de color en las escuelas de Highline. Y en cierta medida tuvo éxito, al menos durante algunos años.

Pero para el año escolar 2016-17, después de haber desviado su atención a otras cosas, vio que el número de medidas disciplinarias había vuelto a crecer.

El regreso de un problema que pensaba que mayormente estaba resuelto le enseñó a Enfield, que dirige Highline como superintendenta, lo difícil que es hacer cambios sistémicos. No se puede aprobar una política y considerar que ya se terminó.

“Tenemos una política de equidad muy extensiva y que pienso que es excelente,” explicó Enfield, que es blanca. “Pero una política realmente significa muy poco a menos que se cuente con gente que tenga el sistema de creencias y el coraje para actuar de manera acorde”.

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En un momento en que se están desarrollando dos acontecimientos históricos potentes, el movimiento de justicia social tras la muerte de George Floyd en Minnesota y la pandemia de COVID-19 que ha cerrado las puertas de las escuelas de toda la nación, algunos líderes educativos dicen que ha llegado la hora de hacer cambios de gran envergadura que podrían permitir que las escuelas funcionaran mejor para los estudiantes de color, más allá de descifrar qué aspecto tendrá el próximo y confuso año escolar.

Pero para hacer un cambio que perdure, Enfield tiene la esperanza de que los educadores y otros líderes escolares se tomen en serio las lecciones que ella aprendió: las reformas destinadas a lograr que la escuela sea equitativa deben sostenerse en el tiempo y ser sancionadas por personas que crean en ellas. El cambio real es confuso, exige compromiso y es probable que resulte incómodo.

Es una lección que Trish Millines Dziko aprendió en sus propios términos, de más de dos décadas de esfuerzos de reforma escolar. Dziko, que es afroamericana, abandonó una carrera exitosa en el mundo de la tecnología en la década de 1990 para iniciar una organización educativa sin fines de lucro, Technology Access Foundation (TAF), con el propósito de

transformar el modelo escolar de punta a punta para servir mejor a los estudiantes de color. Quería ayudar a los estudiantes a aprender las habilidades que necesitaban para competir en el creciente sector de la tecnología.

Al igual que muchos otros expertos en educación, Dziko dice que el plan de estudios desde jardín de infantes hasta 12° grado debe ser reacondicionado para que represente con mayor exactitud las experiencias de la gente negra y marrón, que los docentes necesitan una capacitación antirracista sólida y que las escuelas deben dejar de lado los exámenes estandarizados y usar mejores métodos para evaluar a los estudiantes.

Su concepto de transformación escolar se está usando en cuatro distritos escolares: Highline, Federal Way, Seattle y Tacoma. La escuela modelo es TAF@Saghalie, una escuela de 6° a 12° grado en Federal Way que utiliza el modelo de aprendizaje con base en la investigación o en proyectos, en el que los estudiantes elaboran proyectos que los ayudan a guiar su propio aprendizaje.

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Establecer estándares altos

Enfield, exadministradora de escuelas de Seattle, tomó las riendas de las Escuelas Públicas de Highline en 2012 con la intención de establecer estándares altos para todos los niños. Aproximadamente el 80 % de los estudiantes que asisten a las escuelas del distrito es de color.

Una de las primeras cosas a las que Enfield les puso fin: suspensiones y expulsiones para estudiantes de color cuyos “altos índices por infracciones ridículamente menores eran alarmantes”, explicó. El motivo más frecuente para esos castigos, indicó, no se relacionaba con drogas o violencia; era por una infracción denominada “resistencia”, que se refiere a cualquier cosa desde oponerse a instrucciones hasta desafiar verbalmente a un docente. Si el distrito quería altas expectativas para sus estudiantes, también necesitaba altas expectativas para sí.

En los primeros años posteriores al compromiso del distrito de poner fin a esta desigualdad, las suspensiones y expulsiones disminuyeron.

Sin embargo, cuando el distrito desvió la atención a otras prioridades, el número de medidas disciplinarias comenzó a avanzar nuevamente en ascenso, en especial entre los estudiantes negros.

De acuerdo con el informe anual más reciente del año escolar 2018-19 del distrito, hay aproximadamente un 15.6 % de estudiantes negros en el distrito, aunque conforman más del 21 % de los incidentes de conducta que tuvieron alguna consecuencia. Los índices de estudiantes afroamericanos que sufrieron medidas disciplinarias fueron particularmente altos con respecto a otros estudiantes negros, como estudiantes que inmigraron a EE. UU. desde Etiopía o Somalia, de acuerdo con un informe reciente del distrito.

“Se trata de (una) falta de reflexión y análisis a nivel individual por parte de los docentes y a nivel de los sistemas por parte de todos nosotros”, dijo. “No continúa a menos que uno continúe examinándolo”. El distrito actualmente está reexaminando sus prácticas disciplinarias, afirmó, centrándose en entablar relaciones entre estudiantes y docentes, ya sea que estén aprendiendo juntos en persona o en línea.

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De algunas maneras, la experiencia de Highline hace resaltar un problema que señalan numerosos líderes educativos: los cambios programáticos e incrementales solo nos llevan hasta ahí.

El modelo de TAF

Hace algunos años, en una clase de estudios sociales de séptimo grado en TAF@Saghalie, el tema era la esclavitud. Un estudiante levantó la mano y señaló un mapa de los Estados Unidos. “Si actualmente existiera la esclavitud aquí, ¿qué estados estarían a favor y qué estados estarían en contra?“, preguntó.

Dziko, observando la clase desde la parte trasera del salón, pensó que era una pregunta excelente. Pero el maestro no la vio así. “No está relacionado con el tema”, dijo, ignorando al estudiante.

Dziko deseó que el maestro le hubiera preguntado al estudiante, ¿tú qué piensas? Se podría haber movido del plan de estudios del día para decirles a los estudiantes que debatieran la idea entre ellos y, después, entre toda la clase. Podría haber sido una lección productiva, memorable.

“Pero para poder hacer algo así, como docente, uno tiene que realmente valorar las voces de sus estudiantes”, explicó Dziko, “y no creer que es quien contiene toda la información”. Ese maestro no duró en la escuela, a la que TAF denomina la primera de Washington cogestionada por una organización sin fines de lucro y un distrito de escuelas públicas.

Las escuelas traicionan a los estudiantes de color, dijo Dziko, porque no valoran sus opiniones ni desarrollan relaciones sólidas entre estudiantes y docentes. En cambio, las escuelas se centran de manera excesiva en exámenes estandarizados, que exigen que los docentes desarrollen un plan de estudios específico. Dziko piensa que el contenido que las escuelas enseñan actualmente “es tan eurocéntrico que los chicos no saben que el resto del mundo existe, incluso no tienen conocimiento sobre las numerosas culturas que hay en este país”.

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El modelo de reforma educativa de Dziko utiliza un modelo de aprendizaje con base en la investigación, en el que los estudiantes elaboran proyectos que los ayudan a guiar su propio aprendizaje. Los estudiantes que trabajan de esta manera se comprometen más en su propia educación, dijo, e independientemente de sus capacidades o necesidades académicas, logran “conectarse con el aprendizaje con todos los demás”. El aprendizaje con base en proyectos también les permite a los estudiantes cumplir con estándares de aprendizaje estatales de muchas maneras diferentes, dijo, no simplemente exámenes de altas exigencias.

En TAF@Saghalie, los estudiantes se agrupan en “casas” de 80, con tres docentes (matemáticas, ciencias y humanidades) a cargo de cada casa. Cada clase dura 90 minutos y todo se enseña de manera interdisciplinaria. Una lección de ciencias también podría incluir, por ejemplo, una lección de artes del lenguaje, mientras los estudiantes aprenden a escribir de manera efectiva sobre ciencias.

En un proyecto de clase reciente, los estudiantes examinaban una situación hipotética en la que una parte del estado tenía abundantes recursos de carbón, otra parte tenía petróleo y una tercera tenía potencia eólica. Los estudiantes aprendieron qué tribus de aborígenes americanos vivían en cada parte del estado y supusieron los costos para la tierra y la gente si esos recursos fueran extraídos. Los estudiantes conversaron con miembros de tribus, estudiaron la historia de las tribus y aprendieron sobre fuentes de energía.

Los proyectos como estos exigen más trabajo. “Pero bueno, vale la pena”, determinó Dziko.

Los docentes obtienen un desarrollo profesional extensivo para perfeccionar su oficio y eso incluye una exploración profunda y minuciosa del antirracismo. “Ser antirracista es nuestro norte”, dijo. “No es suficiente decir ‘Yo no discrimino’, porque eso es mentira. Ser antirracista significa que uno realmente se pone en acción, se convierte en un defensor, pone algo en juego”.

Su modelo de transformación escolar se utilizará en la Escuela Media Washington de Seattle este verano y otoño. Pero el ingreso de TAF en el distrito escolar más grande de Washington no se logró sin dificultades.

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La propuesta de llevar TAF a Washington combinó a los estudiantes dotados y de educación general en la Escuela Media Washington para despejar el camino para la asociación, ya que TAF no hace el seguimiento de los estudiantes por aptitud académica. Los padres de estudiantes dotados, que en su mayoría eran blancos, expresaron escepticismo con respecto a que la escuela pudiera satisfacer las necesidades de sus estudiantes.

“Estaban reacios a escuchar nada que fuera un poco distinto para su hijo”, explicó Dziko. El plan final gradualmente integrará a los estudiantes dotados en el plan de estudios de TAF y los docentes harán la diferenciación para brindarles los servicios que necesitan.

TAF afirma que el 100 % de sus estudiantes se gradúa a tiempo y un 95 % logra ser aceptado en una universidad. Y aunque Dziko no crea que los puntajes de los exámenes indiquen demasiado, el 85 % de los estudiantes de 10° grado de TAF@Saghalie satisfizo el estándar estatal para inglés y el 65 % lo satisfizo para matemáticas, lo cual es un índice bastante más alto que el promedio del estado.

EL enfoque de la fundación de Dziko es abordar la transformación en una escuela por vez. ¿Qué se requeriría para que un distrito completo hiciera un cambio duradero?

En Highline, el siguiente enfoque de Enfield es convertirlo en un distrito escolar activamente antirracista. Un próximo simposio que abarcará todo el distrito se centrará en ver qué aspecto podría tener eso, dijo.

“Es fundamentalmente un reto para todos los que somos líderes blancos determinar qué significa renunciar al poder y salirnos del centro en algunas de estas conversaciones y en este trabajo”, indicó. “Y es difícil. Yo también estoy por completo en este viaje de aprendizaje”.