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YAKIMA. Durante el primer período en la Franklin Middle School, un bromista distrajo a Raquel Cortez mientras ayudaba a los estudiantes que tienen problemas para terminar el proyecto de fin de año que da créditos extra.

Con calma, ella se sentó a su lado, abrió el libro de textos en la misma página que él no estaba leyendo y esperó hasta que él se encogiera de hombros, sonriera y comenzara a trabajar en el proyecto con ella. En ese momento, Cortez parecía una docente, pero en los papeles ella es «paraeducadora», una de las aproximadamente 25.500 personas que tienen ese mismo título en las escuelas de Washington.

Más conocidos como «asistentes docente» o «asistentes de clase», los paraeducadores ganan la mitad que los profesores promedio de todo el estado. Y aun así, cada vez más las escuelas confían en estos trabajadores —en Yakima y en todo Washington— para mitigar la escasez docente crónica.

Es por eso que el estado apunta a los paraeducadores para convencerlos de ser los próximos docentes. Construir ese camino no solo ayudaría a detener la creciente cantidad de vacantes, también mejoraría la diversidad y aliviaría el problema actual de la mayoría blanca en el cuerpo docente que se parece poco a los estudiantes.

A partir del período escolar 2017-18, los paraeducadores como Cortez brindaron casi dos tercios del tiempo de instrucción en las aulas de educación especial. Y lo mismo ocurre en los programas de los estudiantes de idioma inglés y niños de hogares de bajos ingresos, según el Public School Employees of Washington (Sindicato de Empleados de Escuelas Públicas de Washington), un sindicato estatal que representa a los paraeducadores.

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Y básicamente ocurre lo mismo en todas las escuelas del país: los paraeducadores suelen recibir menos capacitación relacionada directamente con la pedagogía, pero aun así trabajan con los estudiantes que más necesidades tienen. Pero el estado de Washington es el único que reconoce ese desajuste y, por primera vez este otoño, todas las escuelas del distrito deberán ofrecer una capacitación nueva.

«Esto es hundirse o nadar, y la mayoría se hunde», dijo Cortez, quien trabaja principalmente con estudiantes con discapacidades.

Qué quieren los paraeducadores

En el último año, Cortez se sumó a otros 40 paraeducadores en Yakima en una prueba piloto de la nueva capacitación obligatoria.

Las sesiones híbridas en línea y presenciales abordan temas como pedagogía, gestión de aulas y competencias culturales, con un fuerte énfasis en estudiantes de idioma inglés y educación especial. La capacitación le enseñó a Cortez cuáles son las diferencias de aprendizaje de los estudiantes con discapacidades, y ese mismo día puso en práctica lo aprendido con un grupo de lectura pequeño.

Como los estudiantes tenían problemas con palabras como trousers, untidy y maintenance, Cortez cambió de táctica y ayudó a un estudiante de octavo grado con su pronunciación antes antes de alentar a otro a pensar en la interacción entre el prefijo y la palabra raíz.

«Este tipo de capacitación podría haber reducido la problemática de la práctica», comentó. «Siempre me frustraba. Me preguntaba qué estaba haciendo mal, por qué (los estudiantes) no entendían. Pero es que no había aprendido a ser docente».

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En una encuesta de 2017 entre unos 5000 paraeducadores en Washington, casi el 90 por ciento dijo que le sacaría provecho a las oportunidades de aprender a mejorar en su trabajo.

Tiffany Moritz, otra paraeducadora de Yakima, se consideraba parte del grupo que tiene una gran necesidad de contar con más apoyo profesional.

«Es cierto que te lanzan de golpe al aula», dijo. «Si tienes suerte, estarás con un docente que te muestre el camino. Pero la mayoría no sabe qué hacer contigo».

Moritz pasó casi una década en la Martin Luther King Jr. Elementary, donde un miércoles hace poco entró en el aula de tercer grado de Aracely Olivera.

Mientras Olivera zigzagueaba entre los estudiantes que pedían ayuda con un ensayo acerca de sus animales favoritos, un muffin a medio comer se echaba a perder en su escritorio. Pero su rostro mostró alivio al ver que Moritz ayudaba a otros estudiantes que habían levantado la mano.

«¿Entienden por qué necesito ayuda?», preguntó Olivera. «Tenemos muchísima suerte de contar con la señorita Moritz, pero estaremos solos el resto del día».

La paraeducadora Tiffany Moritz choca los cinco con Eric Gonzalez (9) el pasado mes en la clase de Aracely Olivera, en la Martin Luther King Elementary en Union Gap, parte del distrito escolar de Yakima. (Amanda Ray / Yakima Herald-Republic)
La paraeducadora Tiffany Moritz choca los cinco con Eric Gonzalez (9) el pasado mes en la clase de Aracely Olivera, en la Martin Luther King Elementary en Union Gap, parte del distrito escolar de Yakima. (Amanda Ray / Yakima Herald-Republic)

Tradicionalmente, los paraeducadores realizaban las tareas generales que hacen funcionar a la escuela: detención, monitoreo de recreos, guardias en los cambios docentes, etc. Moritz tiene que mezclar todas esas funciones con lo que más le gusta: brindar apoyo escolar de lectura a grupos pequeños de niños de bajos ingresos.

«A veces, soy niñera. En el patio de juegos, soy terapeuta. Y también soy su amiga y su animadora», cuenta Moritz. «En el aula, enseño exactamente las mismas cosas que la docente (certificada)».

En la clase de tercer grado, Moritz exploró las necesidades de todos los estudiantes sin problemas, como lo hace Olivera, la docente oficial. Los estudiantes, de hecho, le dicen teacher (señorita) a Moritz.

«Los chicos no notan la diferencia», dijo Moritz. «Para ellos, no soy solo una paraeducadora».

«Tal vez no tenga el título, pero para ellos soy la docente».

Una carga importante

Después del último día de clases, Cortez y Moritz completaron una última etapa de capacitación.

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La sesión de tres días estaba centrada en qué cosas pueden hacer los paraeducadores para asistir mejor a los docentes de inglés. Esa es una competencia muy necesaria en Yakima, pues un tercio de los estudiantes vienen de hogares lingüísticamente diversos, comparado con apenas el 12% a nivel estatal.

Para el inicio del próximo año escolar, los 295 distritos escolares de Washington deberán brindar capacitaciones similares a sus paraeducadores. Yakima, en este sentido, tendrá la ventaja por haberlas iniciado antes; en lugar de comenzar de cero y apresurar la capacitación de cientos de paraeducadores en el verano, en el distrito ya se ha implementado una capacitación y una sociedad con los líderes de los sindicatos locales para ofrecer instructores.

La fecha límite pendiente es un desafío para Issaquah, otro distrito piloto con unos 200 paraeducadores docentes.

«El primer año tendremos una carga importante», dijo Judy Heasly, una instructora pedagógica de paraeducadores. «Para empezar, todos los paraeducadores deberán pasar por este proceso».

Es posible que todos los distritos sientan el mismo agobio porque la mayoría deberá solicitar una extensión de tiempo a los sindicatos locales.

Y hay una complicación adicional. En 2017, los legisladores estatales se comprometieron a financiar íntegramente una capacitación de cuatro días obligatoria para todos los paraeducadores. Pero en las negociaciones presupuestarias de la sesión legislativa de este año solo se consiguió pagar la mitad.

Además, cada vez se reconoce más que no son solo los paraeducadores los que necesitan más capacitación, y que los docentes a los que los paraeducadores se supone que deben asistir podrían beneficiarse de aprender cómo trabajar en clase teniendo otro adulto.

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«Este aspecto de la capacitación docente no se aborda de la mejor manera», dice Deb Eldridge, decana y vicepresidenta académica de la universidad docente Western Governors University-Washington.

Eldridge trabajó anteriormente con un acreditador nacional examinando programas de preparación docente. Y dice que muchos de los programas dedican poco tiempo a hacerles entender a los docentes cómo trabajar con los paraeducadores.

En cuanto a su trabajo como apoyo para los paraeducadores, comenta: «En Washington estamos muy adelantados».

Construyendo el camino

Como desafío adicional, los funcionarios de Washington ven una solución, que los paraeducadores se conviertan en docentes para reducir la molesta división cultural entre la mayoría de los docentes blancos y sus alumnos cada vez más diversos. Es un plan inteligente. Los paraeducadores suelen crecer en el mismo vecindario que sus estudiantes.

«Los paraeducadores son más diversos que los docentes. Hablan diferentes idiomas y sus conexiones con la comunidad son más fuertes», dijo Alexandra Manuel, directora ejecutiva de la Professional Educator Standards Board.

En la South Shore K-8 en Seattle, Jeremi Oliver lleva seis años trabajando como paraeducador, en general cumpliendo funciones disciplinarias y de mediación. Pero Oliver, quien creció a la vuelta de donde trabaja, quiere hacer mucho más que castigar a los estudiantes de una escuela en donde muchos son como él.

Quiere convertirse en docente certificado.

«Aquí crecí», dijo Oliver, refiriéndose al sur de Seattle. «Me fui 12 años y volví para ver lo difícil que es todo. Quiero trabajar en esto porque soy un hombre negro, pero no soy una estadística. Y quiero que mis estudiantes también sepan eso (sobre sí mismos)».

Para captar a personas como él para ser docentes, el estado aprobó más de veinte programas «grow-your-own» («crecer») en los que los distritos escolares y las universidades ayudan a los paraeducadores a obtener su certificación docente. Y a partir del año pasado, los paraeducadores pueden solicitar hasta $4000 en créditos condicionales para cubrir los gastos de matrícula y otros gastos universitarios, si aceptan enseñar al menos dos años en Washington.

Además, existe la esperanza de que, al captar paraeducadores de los programas de educación especial, altos índices de pobreza y enseñanza de idioma inglés, se reducirá la escasez docente en dichas áreas.

Oliver ya está rompiendo los límites de su trabajo oficial: este año, su director le dejó coordinar una clase de liderazgo para jóvenes de color en South Shore.

«Les damos un espacio cómodo y seguro para pensar y hacerse preguntas nuevas sobre qué significa ser hombre en este mundo», le dijo recientemente Oliver a grupo de padres que participaron de una actividad nocturna de orientación antes de que sus hijos comenzaran su clase de verano.

A principios de mayo, Oliver se unió a un programa local «grow-your-own» («crecer»): Es parte de la primera clase de más de 20 paraeducadores (y algunos recién graduados de la secundaria) que tomarán clases nocturnas y durante los fines de semana en la Seattle Central College para estudiar para obtener su certificación docente.

Ese camino podría funcionar para Oliver. En Yakima, tanto Cortez como Moritz han pensado en la posibilidad de certificarse como docentes. Y también se dieron cuenta de que los docentes no tienen el monopolio de la enseñanza.

«Sueño con tener mi propia clase, pero no sé si quiero dejar de acompañar a los chicos en el patio de juegos o hablar con ellos en el almuerzo», dijo Moritz. «Mi relación con ellos no sería la misma, aunque ganaría mucho más dinero».

Antes de terminar el día, Moritz pasó media hora con el docente de lectura de la escuela en una sala pequeña junto con otros paraeducadores. Acurrucados entre los libros de ejercicios, el grupo intercambió ideas sobre cómo enseñar un nuevo programa de lectura.

Luego de que sonara la última campana del día, Moritz se dirigió a la entrada principal de la escuela, se puso el chaleco de seguridad fluorescente y salió a la calle para ordenar el tránsito.